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Historias


 

Entre dos mundos


Capítulo 1: La Isla de los Orlas

El sol se alzaba majestuoso sobre el horizonte, bañando la isla de los Orlas con una luz dorada que hacía brillar la vasta extensión de vegetación exuberante que la cubría. La isla, rodeada por aguas turquesas, era un refugio de biodiversidad, con sus acantilados escarpados, playas de arena blanca y una selva densa que se extendía como un manto verde hasta el corazón de la tierra. Los pájaros exóticos surcaban el cielo, sus trinos se entrelazaban con el murmullo del viento y el eco de las olas rompiendo en la costa rocosa. Esta isla, apartada de la civilización, era el hogar de la tribu de los Orlas, un grupo de personas que vivían en armonía con la naturaleza, bajo la guía de su líder, Orión.

 

Orión, un hombre de semblante sereno y mirada profunda, había llegado a la isla hace muchos años. La historia contaba que, en su juventud, había sido un navegante errante en busca de un lugar donde hallar paz y refugio. Tras una tormenta feroz, su embarcación había sido arrastrada a esta isla desconocida, un paraíso inexplorado donde encontró no solo un nuevo hogar, sino un propósito. Fue él quien fundó la tribu de los Orlas, uniendo a los supervivientes del naufragio y a los nativos que habitaban en las profundidades de la selva. Orión, con su sabiduría y liderazgo, estableció un sistema de vida que honraba las tradiciones ancestrales y respetaba la tierra que los acogía.

 

La comunidad había crecido en torno a las enseñanzas de Orión, prosperando bajo su liderazgo. Sin embargo, la salud del anciano líder se debilitaba, y todos sabían que el día en que Osiris tomaría su lugar estaba cerca. Osiris, el joven que Orión había encontrado a las orillas del río cuando apenas era un niño, era la mano derecha del líder. Con el paso de los años, Osiris se había convertido en un hombre apuesto, de piel bronceada y cuerpo atlético, con una inteligencia aguda y un carácter audaz. Su cabello oscuro y rizado enmarcaba un rostro de facciones bien definidas y ojos verdes que parecían contener la esencia misma de la isla: misteriosos, profundos y llenos de vida.

 

Osiris se encontraba en la cima de uno de los acantilados, contemplando el horizonte. Desde allí, podía ver toda la extensión de la isla y el mar infinito más allá. Su pecho se llenaba de una sensación de pertenencia y responsabilidad. La isla era su hogar, su refugio, el lugar que lo había visto crecer y que ahora dependía de él para sobrevivir. Pero su corazón estaba inquieto. Sabía que el tiempo de Orión se agotaba y que pronto tendría que asumir el liderazgo de la tribu. La carga era inmensa, y aunque estaba preparado para ello, una parte de él anhelaba algo más, algo que aún no lograba comprender.

 

Palmira, la joven que desde siempre había estado a su lado, se acercó con sigilo. Sus pies descalzos apenas hacían ruido sobre la hierba húmeda. Palmira era hermosa, con su piel dorada por el sol y sus ojos oscuros llenos de pasión. Desde niña había estado enamorada de Osiris, y Orión había pactado su unión, pero el corazón de Osiris no respondía a ese acuerdo. Aunque le tenía un gran cariño, su amor no iba más allá de la fraternidad. A pesar de ello, Palmira seguía esperando, segura de que algún día él la miraría de la misma manera en que ella lo miraba a él.

 

—Osiris —llamó con suavidad, interrumpiendo sus pensamientos.

 

El joven se giró para mirarla. Palmira sostenía una cesta llena de frutas frescas y flores que había recogido para el anciano Orión.

 

—He traído esto para Orión. ¿Vendrás conmigo a verlo? —preguntó, su voz cargada de esperanza.

 

Osiris asintió con una sonrisa. Sabía que la salud de Orión empeoraba cada día y que Palmira se preocupaba por él tanto como él mismo. Caminaron juntos hacia la cabaña del líder, un modesto refugio construido con madera y techado con hojas de palma, situado en el corazón del asentamiento. Los miembros de la tribu se inclinaban respetuosamente al paso de Osiris y Palmira, reconociendo en ellos a sus futuros líderes.

 

Cuando llegaron, encontraron a Orión recostado en una hamaca, sus ojos cerrados mientras el aroma de las hierbas medicinales quemadas en el fogón llenaba el aire. Lía, una mujer sabia y de mirada enigmática, estaba a su lado, murmurando palabras en un antiguo dialecto de la tribu. Lía conocía todos los secretos de la isla y el pasado de Osiris, un pasado que hasta ahora él desconocía por completo.

 

—Osiris, Palmira —dijo Orión con voz débil, abriendo los ojos al sentir su presencia—. Acérquense.

 

Osiris se arrodilló junto a la hamaca, tomando la mano del anciano.

 

—Aquí estamos, Orión. ¿Cómo te sientes hoy?

 

El anciano sonrió con ternura. A pesar de su debilidad, sus ojos aún brillaban con la sabiduría de toda una vida.

 

—Estoy bien, hijo. Solo cansado. Pero hay algo que debo decirte antes de que sea demasiado tarde.

 

Osiris frunció el ceño, preocupado. Sabía que Orión guardaba muchos secretos, pero nunca había insistido en conocerlos. Respetaba la privacidad del hombre que lo había criado como un padre, pero ahora sentía que el tiempo se agotaba y que era crucial conocer la verdad.

 

—Dime, Orión. Estoy listo para escucharte.

 

El anciano asintió lentamente y miró a Lía, quien comprendió el gesto y asintió a su vez.

 

—Osiris —comenzó Orión con voz grave—, esta isla, la tribu, tú mismo... todo está conectado de maneras que ni siquiera puedes imaginar. Hay un secreto que he guardado durante todos estos años, un secreto que debes conocer antes de asumir el liderazgo.

 

El corazón de Osiris latía con fuerza en su pecho. Palmira, junto a él, también contuvo el aliento, esperando escuchar lo que Orión tenía que decir. Pero antes de que el anciano pudiera continuar, un sonido lejano interrumpió la tranquilidad de la tarde. Era el ruido de un motor, un sonido extraño y ajeno a la isla.

 

Osiris se puso de pie rápidamente, su instinto de protector activándose al instante.

 

—¿Qué es eso? —preguntó Palmira, su voz temblando ligeramente.

 

—Un barco —respondió Osiris, entrecerrando los ojos hacia el horizonte, donde una pequeña embarcación se acercaba a la isla.

 

Lía se levantó de inmediato, su rostro serio.

 

—Es mejor que vayas a ver qué ocurre, Osiris. Podría ser peligroso.

 

Osiris asintió, sintiendo una mezcla de curiosidad y aprensión. Nadie llegaba a la isla de los Orlas sin una razón poderosa, y su llegada seguramente traería consigo cambios impredecibles.

 

—Volveré pronto, Orión. Cuida de él, Palmira —dijo antes de partir hacia la playa, donde el barco se acercaba cada vez más.

 

Mientras Osiris se dirigía a la costa, su mente giraba en torno a las palabras de Orión. ¿Qué secreto ocultaba la isla? ¿Qué conexión tenía con su propio pasado? Y, sobre todo, ¿quién estaba a bordo de ese barco que ahora se acercaba peligrosamente al lugar que él llamaba hogar?




Capitulo  2: La Llegada de Miranda

El barco se detuvo a pocos metros de la playa, su pequeño tamaño contrastaba con la inmensidad de la isla que se alzaba majestuosa frente a él. Miranda, con su cámara colgada al cuello, miraba ansiosa a su alrededor, su corazón latiendo con emoción. Desde que había escuchado las historias sobre esta isla perdida en el océano, su curiosidad había crecido incontenible. Sabía que era un lugar poco explorado, casi mítico, y la idea de ser una de las pocas personas en capturar su belleza con su lente la impulsó a emprender este viaje.

 

Al divisar a Osiris, se sintió invadida por una mezcla de asombro y curiosidad. Él era como una figura salida de un sueño, con su piel bronceada, torso desnudo y una mirada que irradiaba fuerza y serenidad. Osiris, por su parte, la observaba con el ceño fruncido, intentando evaluar si esta intrusa representaba una amenaza para su hogar.

 

—¡Hola! —gritó Miranda desde la cubierta, su voz clara y alegre rompiendo el silencio—. ¿Es seguro desembarcar?

 

Osiris permaneció en silencio unos segundos, evaluando la situación. Finalmente, asintió con la cabeza y levantó la mano en señal de bienvenida.

 

—Sí, pero debes seguir mis indicaciones. Esta isla es un lugar sagrado —respondió con voz firme.

 

Miranda sonrió agradecida y bajó de la embarcación con agilidad. Al poner un pie en la arena, sintió una especie de energía vibrante que parecía emanar del suelo mismo. Osiris la esperó a unos metros de distancia, sus ojos verdes examinando cada uno de sus movimientos.

 

—Soy Miranda —dijo ella, extendiendo una mano amistosa—. Soy fotógrafa. He venido a documentar la isla, si no es un problema.

 

Osiris estrechó su mano, notando la firmeza de su agarre. A pesar de su aparente fragilidad, había fuerza en ella.

 

—Osiris. —Su respuesta fue breve, pero había algo en su voz que la invitaba a confiar en él—. No estamos acostumbrados a recibir visitantes, Miranda. Debes tener cuidado.

 

Miranda asintió, sintiendo un respeto instintivo hacia este hombre y el lugar que lo rodeaba.

 

—Lo entiendo. Prometo no interferir en su vida. Solo quiero capturar la belleza de este lugar.

 

Osiris la guió por la playa, explicándole algunas reglas básicas de la isla. A medida que caminaban, Miranda no pudo evitar admirar la majestuosidad del paisaje: palmeras altísimas, aves coloridas que surcaban el cielo y el murmullo constante del mar que creaba una sinfonía natural. Sin embargo, a medida que avanzaban, algo más capturaba su atención: Osiris mismo. Había algo en él que la atraía, una especie de magnetismo inexplicable.

 

Finalmente, llegaron a una pequeña aldea de chozas de madera y techos de palma. Los habitantes, al ver a la extraña, se mostraron curiosos y cautelosos. Osiris se detuvo frente a una de las cabañas y la invitó a pasar.

 

—Debo presentarte a nuestro líder, Orión. Es importante que sepa de tu presencia aquí.

 

Miranda asintió y entró en la cabaña, encontrándose con un hombre anciano recostado en una hamaca. A pesar de su evidente fragilidad, había algo poderoso en su presencia. Los ojos de Orión se entrecerraron al verla, como si estuviera evaluando cada rincón de su alma.

 

—Así que has venido desde lejos, hija —dijo con voz suave—. ¿Qué buscas en esta isla?

 

Miranda se sintió momentáneamente intimidada por la intensidad de su mirada, pero luego recordó su propósito.

 

—He venido a capturar la belleza de este lugar, a documentar su existencia. No deseo interferir ni causar problemas.

 

Orión asintió lentamente, como si estuviera considerando sus palabras.

 

—Este es un lugar especial. No solo por su belleza, sino por su historia. Si estás aquí, es por una razón más profunda de la que quizás puedas entender ahora. Pero te doy la bienvenida, Miranda. Solo recuerda respetar lo que no puedes ver con tus ojos.

 

Miranda asintió solemnemente, sintiendo el peso de sus palabras. Osiris la guió fuera de la cabaña, y juntos recorrieron el asentamiento. A medida que pasaban las horas, ella se sintió cada vez más conectada con la isla y, en especial, con él.

 

—Hay algo en ti, Osiris —dijo finalmente, cuando el sol comenzaba a ponerse—. Algo que no puedo explicar. Como si fueras parte de esta tierra, como si estuvieras... destinado a algo grande.

 

Osiris la miró con intensidad. Sus palabras resonaban en su interior de una manera que no comprendía del todo.

 

—Quizás lo mismo se pueda decir de ti, Miranda. Quizás tu destino también te ha traído aquí por una razón.

 

Ambos se quedaron en silencio, contemplando el horizonte, sintiendo cómo sus almas se acercaban un poco más, como si la isla misma los empujara a encontrarse.



 

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Excelente relato. Nos mantiene pendientes de una trama que mueve la historia a lugares, personales y situaciones que, por la habilidad del escritor se van haciendo nuestros. Felicitaciones al.autor

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